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Raúl Muñoz, pescador:  “Yo hago mi pega, abastecer de alimentos a la gente, pero nos cuidamos”


ENTREVISTA2En este Mes del Trabajo, la Iglesia de Santiago quiere compartir una serie de perfiles de personas que día a día entregan lo mejor de si para que la ciudad funcione, en especial en tiempos de Covid-19.

Mi nombre es Raúl Muñoz Lagos, tengo 74 años y me crie en el Barrio la Posada de Franklin. Estudié en el colegio Copacabana de La Legua, pero apuradito llegué a sexto básico. Me casé a los 17 años. Cuando llegué a la Iglesia no sabían si iba a hacer la primera comunión o me iba a casar. De ese matrimonio tuve tres hijos: dos hijas y un hijo que ya partió jovencito, pero me dejó tres nietos maravillosos.

De chico quise ser matarife, a los ocho o diez años andaba saltando la pandereta pa’ mirar pa’ dentro del matadero, así a los 13 años comencé a trabajar en la cancha de matanza, a patita pela’. Pasé por distintas faenas, pero me daba pena, en algunas no quería estar.
Cuando el mercado se trasladó en el ‘68 comenzamos a trabajar en pescados y mariscos con mis hermanos, Sergio y Raúl, en nuestra pescadería “La Caleta” en el Barrio Franklin. Acá el trabajo me gusta, porque hay contacto con el público, conversai’, pelusiai’ das a conocer lo que viviste, sobre todo a las nuevas generaciones. En la familia hay hartos niños profesionales: tenemos abogados, doctores, diseñadores gráficos, químicos farmacéuticos, profesores y hasta un concejal. A veces, si vas en Semana Santa a la pescadería, ahí están todos ayudando, viendo que pueden hacer.

Con esto de la emergencia sanitaria estoy expuesto en mi lugar de trabajo y me agarré un virus a la guata. Por la edad tuve que hacer cuarentena y me hicieron el seguimiento, pero a Dios gracias no tengo nada. Nosotros estamos en un riesgo constante, porque hasta la semana pasada llegaba mucho público. Pero nos cuidamos, usamos mascarillas y guantes. Todo ha ido cambiando, hoy día por los nuevos sistemas, está todo frigorizado, ha habido muchas innovaciones.

Yo hago mi pega, abastecer de alimentos a la gente. Siempre he sido un fascinado por el trabajo bruto. No se necesita ciencia, solo arte. Es un arte limpiar pescados, no cualquiera lo hace. Esta es como la universidad de la calle. He pasado mi vida aquí, el matadero es como mi segunda casa, yo siempre digo “del matadero al cajón”.
Como trabajador independiente, afortunadamente la crisis del Covid a esta altura no me afecta tanto porque ya estoy en una edad que lo que gane nos sirve. No es para hacerse rico, como antes que uno se sacaba la ñoña para llegar a donde está. Ahora el trabajo es más pausado, no tenemos hijos chicos, están todos criados, a Dios gracias.
Como siempre digo, todo lo que tengo es producto del trabajo. A Dios gracias, ahora tenemos una casita en Gran Avenida. Me levanto a las cinco de la mañana, tomo un auto al terminal pesquero, hago lo que tengo que hacer y regreso en micro hasta Franklin a trabajar.

Yo creo en Dios y en la Virgen. Cuando quiero conversar con Dios, ahí en mi dormitorio tengo un Cristo, le converso, es mi compadre. Yo soy creyente en Dios.
Hay un slogan en el matadero que dice “Primero Dios, después el matadero”. Yo al menos cuando cabro no captaba eso, pero me acuerdo del maestro, antes de empezar la matanza decía: “ya cabritos, en nombre sea Dios, vamos” y de ahí hasta el día de hoy, yo me levanto en la mañana y digo “en nombre sea Dios” y parto. Es mi protección, si pasa algo ya conversé con él.